Lo que sentí como madre viendo el partido de anoche

Anoche los boricuas presenciamos un evento histórico en el deporte. Nuestra querida Mónica Puig (sí, porque ya se coló en nuestros corazones) ganó la primera medalla de oro olímpica para la Isla. Sentí de todo viendo el partido; dolor de cabeza, nervios y alegría.

Tuve la oportunidad de conocer y compartir con Mónica hace alrededor de dos años, cuando era reportera y coordinadora de redes sociales del periódico Índice. La invitamos a participar de un live chat y quedé encantada con su personalidad tan humilde y simpática.

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“¡Pero si Mónica es una nena!”, pensé. Me maravilló saber -en ese entonces- que siendo tan joven había alcanzado llegar tan alto en el deporte que tanto le apasiona. Y si me maravilló en ese día, lo que sentí anoche fue más grande. Sí, ¡claro que me identifico con ella! Soy joven, soy mujer, soy boricua y también sueño con llegar lejos.

Sin embargo, más allá de identificarme con ella y agrandar mis deseos de perseverancia y triunfo (¿quién no sintió más ganas de triunfar en la vida anoche?), sentí una emoción grandísima por los padres de Mónica. No los conozco, para ser sincera he leído poquísimo sobre ellos, pero soy madre.

Tengo una hija de dos años y 4 meses, y un varoncito de cinco meses. Muchas veces me quedo mirando a mi hija fijamente durante minutos y me pregunto qué será de ella en un futuro. ¿Qué querrá ser mi hija? ¿Le gustara cantar como a mamá? ¿Le gustará la percusión como a papá? ¿Le gustará el español y escribir tanto como a mí? ¿Será comerciante o bailarina? ¡Ay, Dios!

Creo que todas las madres deseamos con todas las fuerzas de nuestros corazones que nuestros hijos lleguen lejos y sean exitosos. Entonces, anoche, ahogada en emoción miré a mi esposo y le dije: “¡Tú te imaginas que nuestra hija llegue a ser como Mónica Puig!”.  Y no me refería a que juegue tenis y nos traiga la segunda medalla de oro (bueno, ¿a quién le amarga un dulce?). Me refería a ser Mónica en el aspecto personal: dedicada, humilde, enfocada, valiente y orgullosa de ser puertorriqueña. Para mí, eso es ser GRANDE.

Hoy me levanté y mientra comenzaba a redactar esta nota volví a mirar fijamente a mi hija. Entonces me di cuenta de que ella puede ser una Mónica, porque Mónica es el resultado de lo que le enseñaron con amor.

Está en mis manos, en las manos de su papá y los seres que la rodean, enseñarle que las cosas buenas llegan a través del sacrificio y la determinación. Está en nosotros enseñarle que no se vale quitarse ni apartar la vista de sus sueños, de la misma manera que debemos enseñarle que no importa cuán lejos llegue en la vida, jamás debe dejar de ser humilde pues la grandeza de un ser humano se determina a través del corazón, y que si un día el destino la obliga a emprender lejos de su Isla, siempre recuerde que es puertorriqueña.

Como padres tenemos una gran responsabilidad con nuestros hijos y esta es ayudarlos a ser personas de bien, con un propósito y metas claras en la vida. No podemos soltarlos a mitad del camino ni estar ausentes cuando alcancen el éxito. ¡Ellos son nuestro oro! ¡Ánimo!