Tres errores que debes evitar si vas a trabajar por tu cuenta

Hace seis años me encontraba trabajando como periodista y social media manager en la empresa de mis sueños. El detalle es que trabajaba más de cien horas semanales y al año de tener ese trabajo, quedé embarazada.

Nació mi hija y continué en la misma empresa, solo que esta vez comencé a deprimirme por la falta de tiempo para compartir con ella y poder desempeñar bien mi rol de madre. Me sentía mal por dejarla tanto tiempo al cuidado de otras personas, aunque esas personas fueran su papá y sus abuelas.

Un compañero de trabajo -que estaba consciente de todos mis sacrificios- me recomendó renunciar y comenzar a trabajar por mi cuenta. Decía que tenía el potencial para manejarle las redes sociales a los comerciantes de la Isla, y lo creyó tanto que me consiguió mis primeros tres clientes.

El cuento largo, corto: I did it! Renuncié y me aventuré.

Ahora bien, mi frustración por no poder compartir con mi hija y mi desespero por comenzar a generar un buen ingreso me llevaron a cometer varios errores como dueña de negocio que hoy, luego de tres años, quiero compartir con ustedes.

Yo sé que como mamás, muchas deseamos tener tiempo de calidad con nuestros hijos, trabajar por nuestra cuenta y ser #BossLadies. Todo esto es posible, pero hay varias cosas que se deben tener en cuenta.

¡Aquí les comparto TRES errores que cometí trabajando por mi cuenta para que ustedes no los cometan!

 

ERROR #1. Lanzarse a trabajar sin conocer el valor promedio de los servicios que ofreces: Yo estaba acostumbrada a trabajar para una empresa y a recibir un salario fijo mensual. Cuando me lancé a la calle a trabajar no tenía vasto conocimiento sobre precios y cotizaciones, solo un costo que un colega me sugirió y con el cual logré obtener mis primeros tres clientes.

En este caso, los primeros tres clientes que obtuve eran todos del área metropolitana y el costo de mis servicios allá se vendía más caro que en otros pueblos, sobre todo donde yo vivía. Cuando comencé a ofrecer mis servicios en mi pueblo, la respuesta de los comerciantes era que “fulano de tal” estaba haciendo “lo mismo” por mucho menos.

¿Mi error? Con tal de obtener clientes, acerqué mis costos lo más similar posible a los de esa persona y con el paso del tiempo me di cuenta de que yo hacía más cosas, me sacrificaba más y que aún con 12 cuentas no estaba cerca del salario que tenía en mi otro trabajo.

¿Qué hice? Me reuní con una asesora financiera, incorporé a mi esposo en el negocio (con experiencia como comerciante y graduado de administración de empresas) y contraté a un contable. También me orienté mejor sobre costos en la industria y creé varios paquetes con precios razonables que pudieran ser accesibles para todo tipo de comerciante, especialmente el pequeño y el mediano.

ERROR #2: Dejarse intimidar por el comerciante que tiene dinero para costear tus servicios pero te pide una rebaja injustificada. Oh, wow! ¡He perdido la cuenta de cuántas veces me reuní con un comerciante GRANDE y cada uno de ellos me pidió rebaja a mis servicios! Tan ingenua y por mi necesidad económica, siempre pensé en dos cosas: #1. Realmente necesito el dinero, mejor eso que nada. #2. Es un buen cliente (para mi portafolio profesional) y si no lo agarro ahora, otro lo va a coger.

Te voy a explicar qué es lo malo de esto: Como mencioné en el punto anterior, vas a tener muchas cuentas que te consumirán mucho tiempo porque vendiste unos paquetes con ciertos servicios y estás cobrando menos de lo que se supone. Luego te van a llegar clientes que te van a pagar el precio completo (y te aseguro que el cliente que te paga el precio completo es un negocio más pequeño que el que te pidió rebaja) y vas a sentir presión por querer cumplirle a ese cliente que valora tu trabajo y espera un buen delivery de tu parte, pero sentirás que no puedes cumplir bien porque tienes todos estos otros clientes que no te pagan lo que se supone pero también esperan un delivery de excelencia de tu parte.

Eventualmente te darás cuenta de que los clientes que te pagan menos (recuerda: por que TÚ accediste a rebajarle el costo de tus servicios) no son costoefectivos para tu negocio. En mi caso, llegó un punto donde el pago mensual de estos clientes iba directito a la cuenta de banco de mi artista gráfico y yo no estaba ganándome nada.

ERROR #3: No tener un fondo económico para casos de emergencia (A.K.A= cuando los clientes te paguen tarde o un huracán categortía 5): Una de las sensaciones más intimidantes que puedes llegar a sentir mientras echas hacia adelante tu negocio, es aceptar que dependes completamente de tus clientes para poder pagar tus deudas (tu casa, tu carro, la educación de tus hijos).

Obviamente, todos los comercios dependen de clientes para sobrevivir pero no es lo mismo tener una tienda donde la persona te paga al momento por el producto que desea, que ofrecer un servicio que consume mucho tiempo, durante un mes y que el cliente te pague (con todas las cláusulas del mundo) cuando quiera o cuando pueda.

También te darás cuenta, según pase el tiempo, que habrá temporadas donde probablemente todos tus clientes te paguen tarde, como durante temporada de planillas. Y no solo te pagarán tarde, sino que tú también tendrás gastos adicionales y te puedes atrasar en tus pagos del mes. ¡Es una cadena!

Mi recomendación es: que tengas un fondo de emergencia para estos casos. Que si durante un mes varios clientes se atrasaron en el pago, tú tengas cómo costear tus cosas. Incluyan en su plan de negocio un presupuesto de fondo equivalente a dos meses de trabajo por si también ocurre un evento como el huracán María donde no sólo nos exponemos a perder clientes sino que los bancos no estarán abiertos y no habrá manera de cobrar.

¿Te gustaron estos consejos? ¡Pronto vendré con más! Gracias por leerme.

Karlaimar,
HabemusBaby.

 

 

De por qué me fui de la Isla y cómo me siento al respecto

Una de las decisiones más difíciles  La decisión más difícil que he tomado en toda mi vida ha sido la de mudarme de Puerto Rico a Florida. Yo, que detesto los clichés y mírenme aquí, una boricua más en Orlando.

Antes del huracán María había logrado -con mucho esfuerzo- crear un pequeño grupo de mercadeo para plataformas digitales allá en mi querido pueblo, Hatillo del Corazón.

Lo que inició en el 2015 como el invento de una mamá primeriza manejando páginas de Facebook desde su casa para poder pasar tiempo de calidad con su bebé, luego de un año se convirtió en una localidad con 4 escritorios, cinco empleados, un beanbag súper cool, 25 páginas de Facebook que manejar y muchas ganas de echar pa’ lante.

Con la genuina intención de querer ayudar al pequeño y mediano comerciante, enfoqué mi negocio en este sector únicamente. Aunque muchas veces trataron de convencerme para que mercadeara mi negocio de una manera más abierta (a todo tipo de clientes), no quise hacerlo, y aunque al final creo que esto fue lo que más me afectó, no me arrepiento de haber guiado mi negocio de la manera en la que lo hice.

Justo un mes antes del huracán, perdí dos cuentas y esto me preocupó mucho, mayormente en el aspecto de “¿en qué tengo que mejorar y cómo puedo hacerlo lo antes posible?”. Sin embargo, mi negocio podía seguir funcionando bien en lo que duplicábamos las cuentas que habíamos perdido… o al menos eso pensamos que sucedería… ¡hasta que llegó María!

¿Por qué creo que enfocarme en el pequeño y mediano comerciante me afectó luego del huracán? Porque ellos también se afectaron grandemente. Fue un círculo. Muchos de mis clientes cerraron sus negocios por un tiempo indefinido, otros tuvieron que despedir empleados, otros habían sufrido pérdidas estructurales… y simplemente no podían costear mis servicios luego del huracán. ¡Creo que perdí diez cuentas en las primeras dos semanas!

Mis clientes no eran los únicos que se habían afectado con el huracán (como todos sabemos) y yo jamás imaginé que mi negocio sufriría tanto.

Desde antes de empezar a sentir los embates de María, mi celular ya no tenía servicio. Al otro día tampoco, pero pensaba que más o menos en una semana o dos ya todo estaría resuelto.

Y es que no era solo el celular (para contactar a los clientes) lo que me tenía estresada, era que tampoco había internet… y yo puedo trabajar sentada en un hormiguero, olvídate tú, que si hay internet puedo cumplir con mi deber.

Como una jugada estratégica del destino, tras el paso de María por la Isla, todas las antenas que daban señal a los lugares en los que yo podía ir a trabajar, se habían caído. Justo frente a mi oficina, en una vaquería a eso de unos doscientos pies de distancia, había una antena de 30 pies que debía suplirle señal a mi antena de internet. Para poder recibir internet (según los que fueron a verificar mi antena), debía esperar a que los dueños de la vaquería prendieran la planta eléctrica. ¡Y yo qué iba a saber cuándo ellos iban a prender la planta! ¿En las horas de ordeño?

En mi casa no había internet, ni en casa de mis suegros ni en casa de mis abuelos.  En casa de mi tía había un poco de señal y cuando prendían la planta eléctrica en las noches yo podía ir a trabajar unos 25 minutos antes de que la señal se cayera. Les juró que hacía todo lo  posible por resumir un día de trabajo de ocho horas en los 25, 30 o 40 minutos de internet que podía conseguir cada dos días. Los mosquitos me comían viva pero pero eso ni me importaba.

Llorar ya no era suficiente. Me dio acné por el estrés, rebajé cinco libras y busqué todas las alternativas posibles para mantener la calma y ver una luz al final del camino pero la esperanza se iba convirtiendo en nula.

Aún no les he contado que cuando llegó el huracán estábamos en proceso de enviar las facturas del mes entrante, no nos quedaba mucho dinero en la cuenta y el efectivo cada vez era menos.

Pensamos que luego del huracán podríamos reanudar operaciones, enviar facturas, ir al banco… ustedes saben, como de aquí a semana y media después de María. ¡HA!

Cuando mi esposo logró ir al Banco Popular, luego de yo no sé ni cuánto tiempo después del huracán, porque honestamente no lo recuerdo, estuvo 5 horas y media bajo el sol y regresó a casa con la noticia de que solo nos quedaban $75.00 porque todos los pagos del negocio se habían debitado automáticamente y nadie nos había pagado todavía.

Nosotros somos una familia de cuatro. Pasamos de tener todo lo necesario para vivir bien a no tener nada en un abrir y cerrar de ojos. Porque sin dinero, lamentablemente, no podemos tener más comida, ni más baterías, ni echar gasolina, ni nada. ¡Fucking nada!

… Y perdónenme… pero es que de solo remontarme a esos días, me da rabia. ¿Y saben con quién me da rabia? ¡Con el puto huracán! ¿Y saben cómo me siento por sentirle rabia a un huracán? Tonta. Bien tonta.

Se acercaba el primer mes después del huracán y ya me estaba desesperando demasiado. Me hablaron de un spot en Arecibo donde había señal de AT&T, y fue allí donde, entre edificios abandonados, logré contactar a mis clientes vía telefónica. Algunas llamadas fueron exitosas, otras no se lograron… pero hubo una, solo UNA, que fue tan frustrante que creo que fue el primer empujón a tomar una decisión drástica con tal de salvar las cuentas que me quedaban.

Llamé a una cliente muy importante para mí, todos lo son, pero este era el tipo de cuenta que te infla de orgullo porque la tienes tú… y la señal se puso pésima. La llamada se cortó como tres veces y esa última vez, cuando la llamada estuvo a punto de caer por cuarta ocasión, la escuché suspirar y decir “¡Ay no, ya yo no puedo hacer esto más!”, y me colgó. Yo creo que ella al sol de hoy no sabe que la escuché decir esas palabras.

Resulta que no todos estaban en las mismas condiciones que yo. Mi cliente tenía planta eléctrica en su negocio, tenía teléfono, tenía internet… y yo no podía trabajarle como antes. Luego del huracán pasé a tener dos tipos de clientes: el que no podía seguir con mis servicios y el que me necesitaba RUSH. Yo no podía trabajar RUSH, no tenía luz, no tenía internet, mi celular casi no funcionaba.

Varias amistades que vivían en San Juan y tenían luz e internet me dijeron que pasara por sus casas cuando quisiera pero sin dinero para echar gasolina, ¿quién se tiraba el viaje de Hatillo a San Juan?

Mi negocio era la única fuente de ingreso en mi hogar, pues creció lo suficiente como para que mi esposo pudiera trabajar conmigo dirigiendo la parte administrativa. Si me descuidaba y lo dejaba caer por completo, no iban a existir ingresos para mi familia, para mis hijos, para su eduación ni para darles de comer.

Luego de esa llamada que me hizo reaccionar y pensar en un plan B un tanto arriesgado, llamé a mi hermano que vive en Tampa y le pregunté si no le molestaba que nos quedaramos en su casa un mes en lo que el sistema de comunicaciones se establecía en la Isla y yo podía regresar a trabajar. Él, no solo me dijo que sí, sino que nos compró los pasajes.

Mientras se acercaba la fecha le iba comunicando a mis clientes que estaría fuera de la Isla trabajando (y poco a poco me iba enterando que varios colegas en la industria hicieron lo mismo), pero que regresaría en un mes, aunque no habíamos comprado los boletos de regreso porque no sabíamos exactamente para cuándo todo esto de las comunicaciones se habría resuelto.

Se lo dije a mi familia. “Me voy para poder trabajar y ponerme al día, pero regreso en un mes”. Me despedí de todos creyendo que regresaba en un mes. Me monté en el avión jurando que regresaba en un mes… y no pasó.

A mi esposo comenzaron a abrírsele las puertas en varios aspectos y luego de tanto esfuerzo que él le dedicó a mi negocio, yo no podía, ni jamás podré ser piedra de tropiezo en su progreso personal y profesional.

Extendimos un mes, llamé a mis clientes, les expliqué nuestra situación y les reafirmé que el trabajo se iba a seguir realizando sin problemas.

Mi esposo consiguió un trabajo en Orlando que nos ayuda a compensar por las pérdidas económicas que tuvimos luego del huracán. Conseguimos apartamento, extendimos la estadía, lo comunicamos nuevamente.

Cada día de los primeros dos meses en Florida lloré. No eran lagrimitas, eran sollozos. Extrañaba todo, a mis abuelos, a mi mamá, los abrazos de mi mamá, a mi hermanita, a toda mi familia, mi casa… todo, pero no podía mentir diciendo que nos iba mal.

Recuerdo que una vez miré al cielo y en mi mente dije: “Señor, ¿por qué nos estás abriendo tanto las puertas por acá? ¡Yo quiero regresar a Puerto Rico!”… y mientras caminaba y respiraba profundo llegué a la conclusión de que estaba tomando decisiones mucho más emocionales que racionales, y en momentos así, donde la prioridad es progresar, no se podía.

Dejé que las cosas fluyeran. Y seguimos aquí, en Orlando, trabajando, y sí, me enorgullece decir que trabajo para mis clientes en la Isla, y NO, no me avergüenzo de ser una boricua en la diáspora, porque no solo soy eso. También soy una madre en la diáspora, una hija en la diáspora, una esposa en la diáspora… y todos y cada uno de estos papeles son importantes, tienen gran valía, sudor, lágrimas y significado.

Les seguiré contanto cómo nos va por acá, porque cuando estamos lejos de nuestros seres queridos, escribir es una buena alternativa. Que, en fin, esta crónica un tanto mohosa nace como desahogo, porque no había tenido la oportunidad de expresar esta experiencia de salir de la patria por tanto tiempo.

¡Un abrazo a todas las mamás que me leen! Y a las tantas que andan de vecinas por la diáspora, ¡ánimo! Es fuerte, pero podemos.

Que estén bien,

-Karlaimar, Habemusbaby.